Vivimos en un mundo de usar y tirar. La publicidad y el consumismo feroz nos han llevado a una de las situaciones más ridículas que se podrían plantear: la del todo vale y si no vale, lo cambias a precio razonable por uno nuevo más bonito. Hasta tal punto ha llegado el proceso de alienación, que dicho comportamiento se ha convertido en práctica cotidiana y socialmente aceptada.
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En nuestra sociedad nos han enseñado que todo es prescindible en tanto en cuanto, que siempre hay una salida fácil o un producto en oferta, para ocupar el hueco que antes ocupaba la otra cosa. Placer y satisfacción garantizada 100%, problemas los mínimos... esa es la consigna.
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A raiz de esto me viene a la cabeza la famosa frase de Gruocho Marx, genio entre los genios, tras ser entrevistado para Playboy en 1974 por la periodista Charlotte Chandler: "estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros". Los ancianos, los amigos, las parejas, el amor, el sexo, nuestras creencias y valores... todo se ha equiparado a un televisor, a un coche, a la ropa de marca o incluso, a mi fenómeno preferido: el de los teléfonos móviles. Lo material y lo no material, todo cuanto nos rodea se ha convertido en un bien de consumo.
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Cuanto deseamos es puesto a nuestro alcance sin que apenas exista esfuerzo previo alguno por obtenerlo: "fácil y sencillo", "aproveche la ocasión tan sólo por 9`99", "lo quieres, lo tienes", ¿reconocen estas frases verdad?. La necesidad real de algo ha sido sometida ante una necesidad artificial fabricada vía gabinete publicitario. La satisfacción de la lucha por la obtención de algo, eclipsada por la satisfacción derivada del hecho de la consecución en sí mismo. Nos hemos convertido en vagos caprichosos que desconocen el valor real de las cosas y el sano concepto de esforzarse por obtener y conservar aquello que uno considera justo, o que por lo beneficioso, necesita para vivir. ¿Dónde está el límite?, ¿dónde me conformo y pienso: esto es buenísimo, no necesito más porque cumple mis necesidades vitales?, ¿cuándo comienzo a valorar y a cuidar lo que tengo y me dejo de caprichos?. A lo mejor, esa famosa frase de: "el cielo es el límite" es uno de los mayores engaños con los que hemos tragado.
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Frente a esto tenemos dos opciones: la primera, asumir que hemos fabricado el mundo así, y que un día consumimos y al otro seremos consumidos. En mi modesta opinión, esta es una forma relativamente razonable de ser feliz... asumes que Mátrix te esta chupando tu fuerza vital pero como te deja la suficiente para subsistir, te rindes a la evidencia y con una sonrisa forzada en los labios sigues la marcha. La segunda consiste en revelarse contra el sistema en la medida de nuestras posibilidades, plantando cara al sinsentido que nos rodea. Por favor, no piensen que me refiero a esos grupos violentos que intentan reventar manifestaciones, reuniones políticas, etc... no, tenemos ejemplos pacíficos y mucho más cercanos: gente que rompe con un sistema que consideran insano y decide vivir conforme a algo tan digno como son sus propias creencias y valores.
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El sociólogo Erich Fromm afirmaba que tenemos la capacidad de vivir en una contradicción permanente entre lo que en verdad somos y lo que quisiéramos ser. Dicha contradicción desaparece en aquellos que considero como los verdaderos revolucionarios: personas que por un motivo u otro, han sido conscientes de su papel en el sistema, y han decidido dejar de participar de las reglas del mismo. Se confrontan a Mátrix creando un subsistema dentro del propio sistema, en el que poder interactuar y vivir conforme a sus principios en la medida de las posibilidades. Ejemplos tangibles de esto no nos faltan y no es necesario marcharse a una comuna hippie para verlo.
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En paralelo aparecen los que yo llamo revolucionarios de salón. Vendedores de humo y figurantes de pose aprendida cuya única capacidad revolucionaria está basada en: 1º engullir y hacer saber al mundo que conocen las múltiples biografías de Ernesto Guevara y de El Subcomandante Marcos, ahora bien, sin establecer crítica alguna a dichas figuras y a aceptar como dogmas de fe sus manifiestos. 2º Seguir los cánones de la moda dictada a tal efecto: póster, camisetas, pañuelos y otros complementos, adhesion causas y mensajes en el Messenger, Facebook, Tuenti o similar... o eres uno de los suyos, o estás fuera de onda. 3º Demostraciones constantes de hayarse enarbolado en la causa justa de moda (¿este mes toca ser pro, o anti...?) sin mayor pretensión que la de decir "yo he", "yo pienso", "yo haría". Mi preferida es la de Palestina vs Israel, cada x tiempo nos da a todos por ser niños palestinos que tiran piedras a los tanques. Muy bonito pero... ¿qué más?, ¿en un disfraz, una manifestación precañas por la Latina y una pose acaba toda su revolución?... peor que eso, muchas veces acaba en un centro comercial comprando productos manufacturados en Tel Aviv porque están al 50%. 4º Adoctrinamiento y repetición hasta la saciedad de las proclamas que otros diseñaron a tal efecto, con la sana intención de afianzarse como revolucionario mayor del reino, en las reuniones de falsos revolucionarios e intelectualoides, todo ello sin aceptar posturas críticas, disidentes o incluso matiz alguno a las mismas, ¡nuestra es la razón porque somos la alternativa!. Y 5º mofarse alegremente de la moralidad o los principios ajenos, aceptando exclusivamente como buenos los propios. Demuestran una ignorancia y una falta de respeto que puede llegar a ser insultante, molesta y lesiva.
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Eso está muy bien y se liga un montón, nada más sexy y deslumbrante que lo aparentemente transgresor pero... ¿eso es real?. En mi opinión, casi todo lo que se desprende de este tipo de personas es papel mojado: palabras desgastadas de tanto usarlas y escucharlas, frases diseñadas, poses estudiadas y una falta absoluta de conciencia sobre la verdadera realidad del mundo que nos ha tocado vivir. Piensan que viven fuera de Mátrix y de hecho, son su principal fuente de retroalimentación. Mentes pequeñas encerradas en grandes cuerpos que difícilmente reconocerán serlo: la resistencia al cambio es una cuestión fundamental de humildad, de aceptar las propias miserias y no esconderlas bajo una capa de soberbia. Es por eso que aunque pasan la vida sacando pecho, su cobardía los resigna vivir limitados, atrapados, infelices y relativamente satisfechos porque con todo ese artificio que han montado para engañar y autoengañarse, la mierda al menos se mantiene en un nivel aceptable.
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Tal y como yo lo veo, los verdaderos revolucionarios son personas que han logrado un cambio en sus planteamientos, y para cambiar, se deben hacer tres cosas: 1º dejar de mentirnos a nosotros mismos (realismo), 2º adoptar conciencia del valor de las cosas y de lo realmente necesario (necesidad), 3º aprender a perder (humildad) y 4º aprender a discriminar cuándo se justifica actuar y cuándo no (sabiduría). Realismo, necesidad, humildad y sabiduría son los cuatro pilares de la revolución.
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Supongo que hay infinidad de tipos de revolución pero doy por hecho que todos tienen un nexo común: el cambio, o al menos el intento de. En lo que a mi revolución particular concierne, no pretendo cambiar el mundo pintando "Israel genocida" en una fachada de la Calle Arenal o pegando gritos con un pañelo palestino al cuello, no, porque eso no sirve de nada excepto para impresionar al respetable con artificios baratos. Aspiro símplemente a ser consciente de quién soy, del mundo que me rodea y a vivir en consecuencia cambiando todo aquello que no me parezca correcto. Es decir, modificar mi propio sistema, para que el resto de subsistemas con los que interactúo se vean influenciados. ¿Eso asegura el cambio del resto de sistemas? no necesariamente, sólo asegura el cambio en el mío pero eso ya es mucho. Es una revolución basada en actos pequeños y cotidianos que tienden a pasar desapercibidos por norma general. Sé lo que soy, sé lo que necesito para ser feliz, sé lo que cuesta tenerlo, sé lo que ya tengo y sé como quiero que sea mi mundo porque el que me han fabricado, no me gusta. Y como no me gusta, fabrico otro a mi medida y en la medida de mis posibilidades al que le seré completamente fiel porque eso significará, que soy fiel conmigo mismo.
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Y esa, sin necesidad de disfrazarme de nada ni de ser quién no soy, es mi revolución.
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